Abajo del corral, justamente en la vertical de su habitación, una vecina vendía vino a cuartiyos sacado de unas garrafas de arroba con olor a los viñedos del Aljarafe, vinos de Umbrete, Becanazón o Villanueva. La suerte bajo sus pies. Mi abuelo, cuando podía rapiñar unas gordas a mi tío o a mi padre con su hábil palabra -más benévolos ellos que mi tía o mi madre-, sacaba por la baranda un liaíllo especial fabricado por él, que consistía en una lata muy limpia de las que servían para envasar tomate al natural. De tres breves taladros en su borde, a manera de triángulo equilatero salían tres trozos de guita que se unían a una guita más larga, algo más de la justa medida del barandal al patio. Con ansiedad manifiesta, en la lata metía la moneda y pegaba tres golpes sonoros en el suelo para llamar la atención de la vecina expendedora. Una vez llena la lata hasta los bordes, mi abuelo tenía la habilidad de un funambulista para no caer ni una sola gota de su gloria vinatera. Ya arriba, el medio litro de vino le duraba el mismo tiempo que tarda en santigüarse un cura loco, es decir, un suspiro. Momentos después la vida le sonreía de otra forma. Era como si Dios hubiera venido a visitarlo. Se ponía de buen humor, se metía amigablemente con las vecinas, contaba maravillosas anécdotas en voz alta y abría su despacho improvisado. Era la hora ideal para pedirle que escribiese una carta o rellenase un documento, o solicitar de él un consejo, ya que era sabio en estos menesteres. Lo temible, que era casi siempre a fin de mes, cuando cogía el poco dinero de su pensión, estribaba en la práctica, demasiado asidua, del funambulismo con su lata o de las escapadas a las ventas cercanas. El corral se revolucionaba, lo revolucioba él, cuando tenía dos litros de más. La amabilidad con las vecinas se convertía en un fuerte intercambio de insultos; echaba a todo el mundo a pelear; les decía a las mujeres los nombres de las amantes de sus maridos -muy creíble por entonces-, y los comentarios que las vecinas decían unas de las otras. Cuando estas se liaban a grescas verbales, mi abuelo, sabio hasta en la embriaguez, ponía en marcha su carro por la galería, se metía en su habitación y se asomaba, tarareando algo, quizás la victoria de su rebelión, almínimo balcón, pero hermoso, que daba casi a la esquina de Pelay Correa.
Al día siguiente, ya en paz el vecindario, cuando le recriminaban el comportamiento del día anterior, pedía perdón, como un gentilhombre, siempre con la misma excusa: -¡El vino, hijas, el vino, que es muy malo!. Y vuelta a ser querido, a ser respetado y solicitado por la comunidad. Y vuelta, cuando había dinero, a poner todo patas arribas, a formar una guerra de barcos en un vaso de agua, a perderse por el corredor y ver pasar la triste vida desde el balcón de su aposento, quizás apuntándose por lo bajini la letra de aquella antigua soleá: A mí se me importa poco/ que un pájaro en la Alamea/ se pase de un árbo a otro...
¡Mi inolvidable abuelo!
Menos el vino, sus historias, su avanzada filosofía y su claro sentido de la justicia social no cayeron en tierra yerma. Tal vez mi padre aspiró los primeros aromas y yo los últimos, pero ambos bebimos de la misma fuente. Cuando escribo estas líneas entre el desorden ordenado de mi cuarto, cuando releo sus papeles y contemplo sus fotografias sepiadas por los años es como si todo él me envolviera, como si su coraza protectora siguiera amparándome, como si mis más benditas excursiones y viajes por el mundo hubiesen sido sólo aquellas a Gambogaz y Cartuja, al Charco de la Pava y a La Vega, como si mi gran travesía por esos mares de Dios tan sólo hubiesen tenido dos puertos en el hemisferio: Triana y Tomares.
Le debía este sencillo homenaje a aquel hombre que me quería con locura, tal vez porque fuese su primer nieto. El fue mi raptor semanal de la casa paterna en tiempos tan tristes para mí; el único que llenó mi mundo infantil de cuentos y de historias fantásticas; el que me enseñó de punta a punta el barrio, espalda con espalda, sus perfiles y sus hombres; con el que pude, por primera vez en mi memoria viva, navajear las aguas del río cin mis manos niñas; por el que conocí las primeras y más hermosas letras; por el que fui descubriendo la vida en tres golpes de voz, mil abrazos y un esportón de fábulas. Murió cuando yo tenía ocho años, pero podría jurar que me he llevado cien en su compañía. Probablemente no sepa contar lo que me pasó ayer, pero puede retratar con exactitud el tono de su voz y sus gestos más habituales, el arco de sus brazos al hablar, el candor de su sonrisa, la más leve y maliciosa intención de sus comentarios voraces...
Sobre la comunidad más cercana que formaban los vecinos del corral, por encima de sus propios hijos, sólo una frase sonaba con la rotundidad de una verdad que él creía y sentía inamovible: -¡Donde se pone mi Emilito, no se pone nadie!. Quizás, pienso yo, que ni su vino de siempre.
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