El capítulo de las nefastas "Llaves" debería estar cerrado. Mejor sería no abrir ninguna puerta con ellas, porque todo suele terminar en enfrentamientos inútiles de personas poco maduras: ni la del Café Sin Techo de Málaga, ni la del Teatro Pavón madrileño, ni la de la Plaza de La Corredera cordobesa, ni la regalada a título póstumo a Camarón, ni la que -si yo hubiese sido él no la hubiese aceptado de ninguna manera- se le entregó a Fosforito. La vanagloria es humana.A Vallejo ( y es un lapsus que me permito) se la entrega Manuel Torre, el gran artista de aquellos años. ¿Le pagaron al jerezano por la entrega? A Mairena, y porque estaba actuando casualmente en Córdoba, le hace entrega Antonio Ruiz Soler, el gran bailarín menos gitano de la historia, al que Mairena acompañó varios años cantando "p'atrás" en su compañía. ¿Y qué tiene que ver eso? Pues lo mismo digo yo: que las comparaciones son tan estúpidas como las que las formulan, que cada tiempo tiene su afán, la gente que lo conformaron..., y ya está. Habría que seguir a pie juntillas las palabras del mejor analista que ha dado la historia flamenca en las tres últimas décadas, Luis Caballero, cuando nos apuntaba con notable sensatez: "El fanatismo cae tan lejos de la lógica, el tacto y las buenas razones que, cuando no lo rehuye, la inteligencia lo utiliza como motivo de cachondeo".
Fue un año en el que en Sevilla, de una ciudad nocturnamente alegre hasta las claras del alba, se pasa, por la orden restrictiva del recién nombrado gobernador y comisario regio de la Exposición, el cordobés José Cruz Conde, a cerrar los establecimientos a las tres, lo que da pie al periodista satírico "Galerín" a escribir en su "Sevilla en broma" lo siguiente: "El gobernador que había el año anterior no se metía en nada. El de este año, sí. A las tres te cierran los restaurantes y cabarets. Lo malo del cierre es que mientras te echan de un sitio limpio, higiénico, donde pasas el rato con amigos buenos, hablando de lo bien que lo está haciendo el Directorio o del éxito de la Unión Patriótica, te dejan en esas casas que no cierran de noche porque sus moradores duermen de día".
En no pocas ocasiones se ha comentado la rareza de Vallejo, incluso queriendo zaherir su personalidad. Se le ha tildado de raro y, si bien era cierto, su forma de comportamiento era igual que la de cualquier mortal, y más en aquellos tiempos que había "tela de guasa". Yo llegué a enamorarme del cante de Vallejo por las veces que oí cantar a mi madre, quien no se perdía, junto con mi padre, ninguna actuación de él en Sevilla o Triana. Mi madre era portentosa cantando los fandangos vallejianos, todos, aunque le tenía especial predilección a la siguiente letra: Y no me la dejan vé/ enferma en la cama está/ y no me la dejan vé/ y a mí me mata la pena/ porque de seguro sé/ que al verme se pone buena. ¿Pensaría acaso en su hija, en mi hermana, siempre en el Hospital Central? Quién sabe. Pero, además, bordaba sus granaínas y sus tarantas, y a Chacón también le tenía levantado un altar en su garganta de miel. Hacía sus cantes para ella, pero paralizaba todas las faenas del patio. La última vez que la escuché cantar, a fuerza de mil ruegos míos, de mis hijos y de mis amigos, fue en el año 1982, en Villanueva del Ariscal, en casa de mi buen amigo y aficionado Salvador Muñiz, con ocasión de la Primera Comunión de mi hijo Pablo. Todavía le temblaba la voz fina en su garganta cuando entonaba: "Era grande y se acabó,/ me dejaste en mi cariño...", o cuando se lanzó por granaínas: "Si yo te quiero de veras,/ gitana del Sacromonte..."
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