jueves, 4 de febrero de 2010

LA "INERCIA" Y LA GRACIA DE DON CECILIO

El terror de los tranvías se había impuesto, a trancas y barrancas, a la voluntad decidida de los sevillanos..., que no lo querían. Veamos lo que ocurrió en la calle Reyes Católicos (antigua Alamedilla de Triana) el día 2 de Junio del año inaugural del siglo. La anécdota bien vale unas líneas de recuerdo, siquiera por la situación tan humorística que desencadenó en los días febriles de estos primeros sucesos. El caso es que un cochero, que caminaba a paso tranquilo por la citada calle, fue despedido bruscamente del pescante del carro al embestirle, por detrás, un tranvía que venía a buen ritmo. Del fuerte impacto, el cochero perdió el conocimiento y tuvo que ser asistido en un centro sanitario, donde le apreciaron -era lógico- diversas e importantes heridas. La increíble anécdota comienza aquí. Cuando el cochero volvió en sí, después de muchas horas, empezó a preguntar entre los que le asistían el por qué y cómo le había ocurrido aquello. Uno de los presentes le respondió que había sido por causa de la "inercia". A ésto, el cochero, molestísimo con tal palabrota que no entendía y que jamás había escuchado en su vida, se levantó y, lesionado como estaba, cuentan las crónicas de la prensa diaria que comenzó a pegarle a todos los presentes y a romper todo lo que encontraba a su paso, armando un jaleo que hizo época en los comentarios de los corrillos habituales de la ciudad.

Meditando en este suceso, como en otros que iremos repasando, podremos darnos cuenta de la formación cultural de la casi generalidad de los ciudadanos, y de cómo -la historia tranviaria se encargó de demostrarlo con creces- el tranvía, con su gran velocidad y prisas, producía un impacto psicológico de terror entre los habitantes de una Sevilla tranquila que contaba, en ese año de 1900, con 5.458 puntos de luz, no matriculándose ningún automóvil -más tarde enemigos acérrimos de los tranvías- hasta 1905.

Pero siguen las quejas del usuario sevillano. Por unos u otros motivos, el público no para de protestar contra la compañía. El caluroso 21 de Agosto -según las crónicas-, todos los habituales de este transporte colectivo presentan su enérgica protesta porque, caprichosamente, la compañía había suprimido las ya famosas jardineras, obligando a los viajeros a hacer el recorrido en los interiores de los coches, en los que el calor era insoportable.

En vista de que las protestas aumentaban -la unión hace la fuerza, cosa que no pasa en nuestros días-, el alcalde, señor Checa -apellido carcelario-, ordenó la inmediata circulación de las pequeñas, fresquitas y suprimidas jardineras, pagando el pueblo contento su perra gorda -decía el comentarista- y siguiendo, como siempre, llegando tarde a sus obligaciones.

Esta supresión por parte de la empresa explotadora estaba ligada a la no autorización, por parte del ayuntamiento sevillano, para poner en circulación coches más largos y de más cabida, como así pretendía la empresa concesionaria.

A propósito de este incidente "jardineril", resuelto en un periquete por el autoritarismo del señor Checa, recopilemos el humor que hacía historia en cada uno de sus versos "Don Cecilio de Triana", seudónimo cachondo del gran poeta que era y que llevaba dentro, don José García Rufino -abuelo de la artista Carmen Sevilla-, que siempre ponía el dedo en la llaga en cada uno de sus comentados y aplaudidos "versos satírinicos e irónicos". Subida de billetaje, "Don Cecilio" al canto; mal servicio, la pluma de "Don Cecilio" sin hacerse esperar; ganancias desorbitadas, jardineras que se quitan por las buenas..., su verso, esperado, siempre a punto. "Don Cecilio" -un personaje singular, crítico y humorístico cien por cien, que recorrerá con nostros muchas de estas páginas-, títuló este poema: "Jardinerías" ¡No caben cuatro!. Y dice así:


Se titula esta copla
Jardinerías
porque a las jardineras
de los tranvías
va dedicada.
Que son esos remolques
¡una monada!

Cuatro personas ponen
a cada asiento,
y en cuanto dos son gordas,
es un tormento;
y hay que echar quina
porque van los viajeros
como sardinas.

Hacía años cabían,
holgadamente,
cuatro o cinco personas:
ya es diferente.
Y eso no ha sido
que los coches de viejo
se han encogido...

Es aquí (que el progreso
va tan aprisa,
que ya atamos los perros
con longanizas)
se ha prosperado
¡y todos en Sevilla
han engordado!

Ahora que vivimos
en grande, a gusto,
¡pues no cabemos!
Por eso, cuando hagan
más jardineras
¡que quepan del viajero
las posaderas!

¡Es muy pesado
pagar "tres perras chicas"
por ir prensado!
Tres personas (no siendo
exageradas)
pueden sin estrujarse
ir colocadas.

¡Mas que se acabe
lo de ir cuatro en fila!
¡Que no se cabe!

Como podemos contemplar: quejas, quejas y más quejas. Nunca faltaban por los abusos, por el mal servicio y, las más, por los contínuos accidentes, a los que nuca se les ofrecían soluciones. Mal comienzo tuvo para la empresa tranviaria este año de 1900, aunque el final del mismo tampoco fue agraciado, ya que el pueblo de Sevilla, en septiembre de aquel difícil año, protestó masivamente, una vez más, a causa del deficiente alumbrado público por culpa de esta tracción eléctrica que mucho trabajo costó aceptar. El alumbrado se encontraba totalmente a merced de la referida compañía, encontrándose impotente el ayuntamiento de la ciudad para poner coto a estos desmesurados abusos. Sevilla cada vez tenía menos luz, distribuyéndose la poca que se producía en forma de favor para la empresa tranviaria.

"El ayuntamiento
-refería el periodista que ofreció la nota informativa- enfoca muy sucintamente algunas medidas, y es que, no ve ninguna luz sobre el tenebroso conflicto".

Lo que sí se veía, claramente, era la gracia informativa de principios de siglo, esa gracia que, más tarde, seguirían heredando las generaciones posteriores.

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