No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, dice el refrán. Ayer, para romperme la soledad, vinieron a verme mis amigos, a compartir unas horas conmigo en esta Córdoba lejana y sola. La sorpresa del viaje, que me anunciaron el día anterior, fue para mí como la del niño que espera la noche mágica del día de Reyes. Triana se coló en mi casa con la presencia de Ángel Vela, que me trajo su último libro, aún calentito de la prensa, y de mi amigo José Luis Jiménez, que también me trajo la sorpresa de una botella de manzanilla sanluqueña a la que sus cosechadores, Bodegas Barón, han tenido el buen gusto de ponerle de nombre "La barca de Triana".
Tapeamos de lo lindo en una preciosa terraza cercana a mi domicilio, y bebimos con la alegría de las grandes satisfacciones. Pero lo importante era la conversación. Triana jugaba una y otra vez en nuestros labios. Recordamos viejos tiempos, aquellos en los que con Alberto Jiménez Becerril logramos hacer de nuestro barrio un peñón inexpugnable. Y de la mala política que en él había hecho Floranes, y de las esperanzas que tenemos puestas en el nuevo delegado, Francisco Pérez Guerrero. Bien podía parecer que estábamos sentado en el desaparecido Quiosco de las Flores, y que nuestro amigo Loren iba a aparecer por la puerta para ofrecernos otra ración de adobo. Triana no se escapaba jamás de nuestra conversación serena.
Salieron a la palestra los nombres de los innumerables amigos, tres "Manolos" de lujo: Manuel Lozano, Manuel Garrido y Manolo Pacheco, tres grandes poetas metidos en medio metro cuadrado. Salió el tema de la defenestrada revista "Triana", que con tanto cariño relanzamos allá por los ochenta y que el PSOE se cargó de un plumazo con la nefasta llegada de Alberto Moriña. Hablamos de José Manuel Holgado y de su grandeza como persona y como fotógrafo de varios quilates; y de otro Manuel, del gran Melado, del que me traían dedicado por él con mucho amor su último libro "Entre la nostalgia y la sonrisa". Parecía que el estado mayor de Triana se había desplazado a Córdoba para poner en mi vida un día de lujo cuando más falta me hacía.
Ellos, quizás no alcancen a comprender lo que para mí ha significado esta inesperada visita. Ha sido como agua de mayo, siempre benefactora. Y para colmo con ese pan debajo del brazo en forma de libro de mi querido Ángel, libro que he tenido el honor de prologar y en cuya presentación no pude estar presente por motivos familiares, hermoso libro sobre la Velá de Triana que recomiendo a todos por el copioso acarreo de datos sobre fiesta tan singular y entrañable y por el amor a Triana que lleva entre sus renglones.
Un día, queridos blogueros, para no olvidar. Las cosas mínimas hacen grande a las personas, pero para mí, tan alejado de mi barrio, fue todo un milagro poder compartir el pan candeal de las palabras durante algunas horas con estos dos grandes amigos, Ángel y José Luis, que me trajeron viva en sus palabras y vivencias a esa Triana que, a pesar de la lejanía, siempre está anclada en mi corazón y en mi memoria.
Para el otoño, me gustaría que mis amigos volviesen aún más acaudalados de compaña, con Paco Vega y mi maestro Antonio Badía, con Garrido, Lozano y Melado, con tantos y tantos amigos como, por culpa del maldito trabajo, tuve que dejar en mi orilla.
Gracias de corazón, Ángel y José Luis. Obrásteis el milagro de hacerme rey por un día..., y aún se me nota en los ojos y en la sonrisa.
























