Me reafirmo en que no soy, desde niño, ni capillita ni capirotero, aunque sí me gusta la Semana Santa de Sevilla, mi tierra, en las emisiones de televisión, pero más por el esplendor de sus ajuares: canastillas, bordados, orfebrería y otras artes que acompañan a los titulares de las diversas hermandades que por la fe (?) que exhiben sus hermanos. Mamé nuestra Semana Mayor desde chico por la machaconería absurda de mi padre, hermano de la Estrella, en la que salí un Domingo de Ramos -quiero recordar que fue en 1956- desde San Jacinto al Altozano, donde le dije que eso no iba conmigo. Y hasta ahora. Tardes intensas de triduos, predicaciones, rezos y quinarios debilitaron mi paterna fe impuesta. Yo quería jugar al aro con mis vecinos, a la piola, al trompo, a las cajillas..., y no verme encerrado de una iglesia a otra iglesia por aquello de una conversión de mi padre en los llamados Cursillos de Cristiandad.
Respeto a las personas, a los miles y miles de sevillanos cofrades que hacen posible esta eclosión de fe de nuestra tierra. Aunque no comparto tanta devoción, los admiro de alguna forma. Pero me pregunto: ¿No son demasiadas procesiones las que ya hay en Sevilla, aparte de la Semana Santa? Es raro el día que no sale alguna advocación por cualquier motivo: el 25 años de su coronación; el décimo aniversario de la muerte de su capataz; la rotura "histórica" del búcaro que hace una generación daba agua a los costaleros; el año de la Misericordia -como el pasado-; el cambio de túnica del Señor; el cumpleaños del bordado de un manto; el aniversario de la caída de un varal..., centenarios y más centenarios, motivos y más motivos para sacar a la calle a sus titulares sin que las hermandades quieran darse cuenta de que estamos en una sociedad laica, aconfesional y si me apuran, en Sevilla, demasiado condescendiente con estas hermandades y cofrades que creen que las calles de nuestra ciudad les pertenecen.
Evidentemente, no voy a ser yo de aquellos que quieren poner un semanasantódromo en un polígono de la periferia, y soy totalmente consciente de lo que la Semana Santa ayuda de una manera bárbara a la economía de la ciudad. Pero una cosa es una cosa y un abuso es otra.
Gocemos de esos días, llamados de Pasión, que tanto alucinan a los sevillanos y los convocan a calles y templos de todos los barrios y que atraen a miles de turistas de todo el mundo. Pero, durante los demás meses del año, dejemos y veneremos a las imágenes en sus altares, cada uno con su fe, con sus creencias, con su amor. Muy respetables. Pero vuelvo a repetir: ¿No son demasiadas procesiones?