sábado, 15 de diciembre de 2012

LA TRIANA DE ANTONIO BURGOS: TRIANA EN LA "GUÍA SECRETA DE SEVILLA"


TRIANA EN LA GUÍA SECRETA DE SEVILLA

Algo tiene el río que divide no solamente a la ciudad, sino a sus gentes. Cuando los trianeros han de cruzar el puente dicen: 
- Voy a Sevilla...
Cuando en la ciudad se habla de algo que ocurre más allá del río se afirma: 
- Sí, eso es Triana... 
Triana es el río, la influencia del río, las formas de vida del río; las riadas, el muelle, la apertura de las Indias...
Triana es resultado inmediato de la leyenda de viajeros extranjeros, de Washington Irving, de George Borrow, de Richard Ford, de Gautier, del Merimée...
Es cierto que antiguamente los gitanos vivieron en Triana: la actual calle Pagés del Corro se llamaba la Cava; una parte de San Jacinto hacia Los Remedios- era la Cava de los Gitanos-; de San Jacinto hacia Chapina era la Cava de los Civiles. Pero ya los gitanos viven en otros barrios de la ciudad, en el Polígono Sur, en Las Candelarias...
A Triana conviene entrar por El Altozano, a través del Puente de Isabel II. Una estatua de Venancio Blanco recuerda el lugar donde de chiquillo toreaba de salón Juan Belmonte, que aunque fue -el pasmo de Triana- no nació aquí y que vivió sus últimos días en la otra orilla, en el edificio del Hotel Cristina, en el Paseo de Colón. Pero el recuerdo es un Belmonte juvenil y hambriento, traído a hombros por el puente hasta su casa -sala y alcoba- en el corral de vecinos de la calle Castilla. O un Belmonte niño toreando en el Altozano, unos tiempos que él mismo recuerda en el espectador que le contemplaba desde la barandilla del puente, junto al edificio de El Faro, donde antes salían los vapores que hacían el recorrido hasta Sanlúcar:
- Oye, chaval -me dijo-.¿Tú dónde has toreado?
- En ninguna parte, señor.
Metió la mano en el bolsillo del chaleco y me dió un duro, diciéndome: 
- Toma. ¡Tú serás torero! 
En el Altozano queda un pintoresco quiosco y el ágora del barrio, que es la rebotica de la Farmacia de Aurelio Murillo.
Junto al Altozano quedan los recuerdos del Castillo de la Inquisición, trasladada aquí desde el convento de San Pablo. Este castillo, ya derruído, ocupaba el lugar del mercado, junto al río y al puente; fue entregado por Fernando III a los Caballeros de San Jorge y después por el asistente de Diego de Merlo a los inquisidores. En el castillo de Triana fue atormentada María Bohórquez, según Menéndez Pelayo -tierna doncellita, no más de veintiún años-. Aquí Sevilla puso fin a los focos heterodoxos del monasterio de San Isidoro y del palacio de doña Isabel de Baena. En el castillo muere preso el doctor Constantino Ponce de la Fuente, capellán y predicador de Carlos V, que acompaño en 1548 en su viaje por Flandes a quien luego habría de ser Felipe II. Con Juan Gil, -el doctor Egidio-, canónigo magistral de la Catedral, Constantino publica entre 1545 y 1551 la Summa de Doctrina Christiana. Ya muerto, en 1560 sacan una estatua suya del castillo de Triana para celebrar el auto de fe y, no pudiéndolo quemar en persona, arrojan al fuego sus huesos. ¿Qué hace Sevilla mientras en Triana se producen los horrores del Santo Oficio? Está de parte de la Inquisición, y hasta inventa coplas contra Constantino: 


Viva la fe de Cristo
y la Santa Inquisición
y quemen a Constantino
por malo engañador.

Muy pocos pueden escapar de las iras del pueblo y del Tribunal. Sevilla, mientras, está terminando de levantar la Giralda. Sus conventos, sus parroquias, quedan diezmados por el Santo Oficio. Pero el espíritu del barroco sale adelante, entre coplas y protestaciones de fe. Es algo que se repite en la historia de la ciudad, que siempre tiene un estricto silencio y un olvido de mármol para sus grandes heterodoxos, para los que protagonizan una voluntad de cambio. El silencio...Es la mejor hoguera para los que no piensan en levantar Giraldas y monumentos a la fe. porque los heterodoxos llegan hasta nuestros días. En Sevilla no se oye el nombre de Blas Infante, humanísimo defensor del Ideal Andaluz. Es como si aquí, en la Macarena, no hubiera nacido Pepe Díaz, primer secretario del Partido Comunista de España tras el IV Congreso, celebrado paradójicamente en el Pabellón de los Estados Unidos, en la Exposición Iberoamericana. 
Es la Sevilla siempre inquisidora, fina y fría en sus olvidos intencionados y en sus adhesiones tornadizas. 
Una Sevilla que permanece en un escalofrío en el Callejón de la Inquisición, portillo de repeluco que se abre hasta el río desde la calle Castilla, frente a Casa Cuesta, un bar muy popular en cuya cocina se pueden comer los platos más reales de la gastronomía trianera: pavís de bacalao, cola de toro, menudo, rábanos, remolacha aliñada, las secretas artes del adobo. 
Calle Castilla adelante nos encontramos la parroquia de la O y desde cuya sacristía el río tiene una perspectiva inédita. Por Castilla adelante otra vez, conviene entrar en el bar Sol y Sombra para admirar una curiosa colección de carteles de toros, antiguos y recientes, en la que hay uno que anuncia, como si fuera una lidia de pablorromeros, un reparto extraordinario de pan a los pobres. 
Pasando Chapina, se llega a la capilla del Patrocinio, donde recibe culto el Cachorro, impresionante escultura de Ruiz Gijón, que cuenta la leyenda retrata la agonía de un gitano de Triana llamado como el apodo que la devoción popular da al Cristo de la Expiración. Del Cachorro era hermano Juan Belmonte, y la tarde que se pegó un tiro en Gómez Cerdeña tenía ya sacada la papeleta de sitio para salir de nazareno el Viernes Santo acompañando a su Cristo agonizante, por cuya boca afirma también el saber popular que de madrugada entran y salen los ratones. 
Volviendo otra vez hacia el Altozano, desde el Callejón de la Inquisición puede tirarse por la calle Alfarería, recuerdo de los antiguos hornos. La calle lleva a la de Antillanos Campos, donde hay otro bar muy popular, Las Golondrinas, un paraíso para los que gustan de las aceitunas aliñadas, gordales, que son el mayor frente que se opone a las aceitunas manzanillas, endulzadas en salmuera.
Otro eje muy popular en la fisonomía de Triana es la calle de San Jacinto, donde estáa la iglesia de este nombre, sede de la cofradía de la Estrella. Tanto como de barrio, Triana conserva mucho de pueblo. Así, la calle Pureza, que también parte del Altozano, es como la principal de un pueblo andaluz, con las fugaces y bellas apariciones del río por las esquinas de Betis en las bocacalles de la izquierda. En la calle Pureza está la iglesia parroquial de Santa Ana, a la que llaman catedral de Triana, y no sin razón porque antes de que hubiera puentes sobre el río, las cofradís de barrio hacín aquí estación de penitencia. Triana siempre ha tenido pruritos de separatismo inconfesado con respecto a Sevilla; eso de mandar concejales a un Ayuntamiento que estaba al otro lado del río nunca le acabó de convencer. En este sentimiento colectivo, Santa Ana, un bellísimo templo del siglo XIII, le servía como pretexto. La construcción de la iglesia se comenzóo en 1280, en cumplimiento de un voto de Alfonso el Sabio, que prometió edificar un templo en honor de la señora Santa Ana- como se llama en Triana barrocamente a la madre de la Virgen-si curaba de un mal de clavo, una enfermedad de los ojos. En Santa Ana está la Virgen de la Victoria, procedente del convento de los Remedios, ante la que oraron los marineros de Elcano después de haberle dado la vuelta al mundo y llegar al Puerto de las Mulas, que era el que estaba en el río a la altura del actual puente de San Telmo. También la pila de los gitanos, que es tradición que todo niño al que se le echan las aguas en Señá Sant´Ana sale flamenco y con buena voz. Pero la tradición más curiosa dle templo es la del Negro, un raro laude sepulcral renacentista, documentado de Nicoloso Pisano, hacia 1503. Esta cerámica funeraria representa la imagen de un caballero, dicen que Iñigo López, dicen que un esclavo asesinado por el marqués a quién servía. Lo cierto es que en Triana existe la creencia de que la muchacha que le da una patada al Negro, se casa. Y, como puede imaginarse, la estela funeraria está ya hecha una pena, desportillada en su azulejería, de tantas patadas que ha recibido a lo largo de la historia por parte de mocitas casaderas. Suelen poner delante bancos, los obstáculos más impensados; pero siempre encuentran la forma de darle la patada de ritual a este anónimo casamentero renacentista.
La iglesia se abre a una pequeña plaza, de sabor muy pueblerino, donde está el Bar Bisté (malformación sevillana del plato de carne, por beef-steak), especializado en raciones de palomas guisadas. 


(Del libro "Guía Secreta de Sevilla". Editorial Al-Borak. Madrid-1974))


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