lunes, 17 de diciembre de 2012

LA TRIANA DE ANTONIO BURGOS: HERNÁNDEZ DÍAZ Y BEJARANO, ELEGÍA POR DOS SEÑORES DE TRIANA


HERNÁNDEZ DÍAZ Y BEJARANO,
ELEGÍA POR DOS SEÑORES DE TRIANA


Todos los años, por estas semanas del otoño, se nos mete por las puertas una como segunda primavera, a la que no faltan ni jazmines, ni olor de dama de noche, ni muertes de vísperas de Semana Santa. Decía Romero Murube que la muerte, en Sevilla, se lleva a la gente por levas, por reemplazos. La sucesión de generaciones produce estas movilizaciones forzosas de las quintas. La Canina ya está llamando a filas a la quinta del 29, a la del 31. Ahora no deben acudir al Cuartel del Carmen de la calle Baños con unas ropas en una talega, sino más allá de la Venta de los Gatos. Más o menos de esas quintas deberían ser dos sevillanos de Triana o dos trianeros de Sevilla que acaban de ser llamados a filas, algo tan clásico y tan nuestro como un Pepe y un Manolo: Hernández Díaz, alcalde de la ciudad, y Bejarano, capataz del Gran Poder. Como ambos títulos tienen igual excelencia de protocolo y rango, hasta los podemos confundir y enrasar. Podemos decir que el uno fue capataz de la ciudad y el otro, regidor de las cuadrillas de costaleros. Dos trianeros distintos y una sola Triana verdadera. Un trianero de Sevilla, el Maestro Bejarano, catedrático de la Universidad del Martillo, y un sevillano de Triana, el Maestro Hernández Díaz, profesor de la Universidad de Sevilla. Ahora que Dios los tiene en su gloria, si me preguntan, me quedo con Manolo Bejarano. Fui alumno de Hernández Díaz. La poquita Historia del Arte que sé la aprendí en su clase de las 9 de la mañana en la Facultad de Letras. Era un magnífico profesor, con sus diapositivas, puntero en mano, con el que daba en tierra como golpes de martillo de capataz, mandando a su ordenanzas: "Otra, Blázquez..." Pero aquel profesor único, el que más sabía de Martínez Montañés y de la imaginería barroca sevillana, en llegado a alcalde, fue el regidor que firmó la sentencia de muerte de media Plaza del Duque para que la derribaran a efectos de la tarjeta de crédito del Cortinglés. Si un catedrático, precisamente de Historia del Arte, académico de Bellas Artes, autorizaba el derribo de las casas históricas sevillanas, quería ello decir que se levantaba la veda para la destrucción de la cuidad.

Por eso ahora que los dos han sido llamados a las definitivas filas del cuerpo de nazarenos de Sevilla, a mí me hubiese gustado que quien me hubiera dado matrícula de honor no hubiera sido Hernández Díaz, sino el Maestro Bejarano, en sus aulas de la parihuela del Gran Poder, donde impartía lecciones de señorío, de medida, de equilibrio, de perfección, de belleza. Hernández Díaz estaba en el Archivo de Protocolos, investigando en Juan de Mesa. Hernández Díaz buscaba, pero Manolo Bejarano, como Picasso, encontraba. En aquellos mismos años en que Hernández Díaz investigaba tanto, Manolo Bejarano no tenía que estudiar nada para que del arte de la colla del muelle, de la tradición de su padre Eduardo Bejarano, del arte supremo de Triana, le inventara un modo de andar al Gran Poder. El paso racheao debe ser añadido a los grandes inventos del hombre en el siglo XX: la informática, el motor a reacción, la energía nuclear... y el paso racheao, dirán las futuras enciclopedias. A efectos de Sevilla y de Triana, Bejarano fue más que Edison y más que Marconi. Le inventó un paso humano a una figura divina. Hernández Díaz estaba descubriendo en aquellos años que El Gran Poder era de Juan de Mesa. En aquellas mismas fechas, desde una taberna de la calle San Jacinto donde ejercía su señorío, Manolo Bejarano estaba descubriendo que Dios tiene exactamente los mismos andares que el Gran Poder cuando él lo llevaba con el paso racheao de su gente de Triana... 

(Diario "El Mundo de Andalucía", 22 de octubre de 1998)
Dibujo de Antonio Badía



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