lunes, 22 de octubre de 2012

DESDE MI TORRE: UNA MULTA CON PREMIO NOBEL


En nuestro país la picaresca no sólo no se ha perdido desde el Siglo de Oro, sino que, en nuestros días, ha encontrado otras maneras más sofisticadas para estar presente en nuestras vidas. Bien se ha dicho siempre por aquí que quien hizo la ley hizo la trampa. Monipodio y su academia de golfillos se ha quedado obsoleta con el caso de los EREs y la forma de hacer chanchullos de muchos políticos para cobrar dietas indebidas a cargo de las arcas públicas. Hay mucho Rinconete y Cortadillo por ahí, y los medios de comunicación nos dejan buena memoria de ellos cada día: alcaldes de pueblos mínimos que han conocido Nueva York pagando el ayuntamiento; cocaína, putas y juergas gracias al erario como el caso del señor Guerrero o de el ex-alcalde de Valverde del Camino; mariscadas en Bruselas como las del señor Torrijos... ¡La picaresca! Cortos se quedaron en su tiempo Cervantes, Mateo Alemán, Quevedo, Espinel, Juan de Luna o Gabriel de la Vega....

Hace unos días me enteré que un conductor, para circular por una línea preferente de la A-6, por la que sólo se permite circular a vehículos con un mínimo de dos personas, se había colocado a su vera a un maniquí perfectamente vestido, con sus gafas de sol, su fular, sus gafas de sol y hasta con el cinturón de seguridad puesto. ¡Viva el Arte! ¡De nuevo la picaresca del Siglo de Oro y sin hacer daño a nadie y sin llevarse los dineros ajenos! Lo detuvo la Guardia Civil de Tráfico y, al parecer, le van a endiñar una multa de 200 euros cuando debían haberlo propuesto para el Premio Nobel del Cachondeo y la Gracia Profunda.

Cuando he leído la noticia, me he reído como hacía tiempo que no lo hacía, recordando, además, que este sistema del maniquí ya estaba explotado, no para eludir una multa, sino por la gracia pura y genial de Cádiz. Recuerdo a un hombre gaditano que tenía una pastelería muy cercana a la Plaza de San Juan de Dios, al que le llamaban "Papá Pepe" en toda la bahía. Era rechoncho, calvete, con un bigote que le confería cierto arte y personalidad. Trabajaba yo entonces en el estudio de artística de unos grandes almacenes situados en pleno centro de Sevilla, en la Plaza del Duque. Un buen día, apareció por allí este hombre y me preguntó quién era el jefe. Lo llevé hasta su despacho. Mi jefe era, aparte de una buenísima persona, un cachondo mental, un gran bohemio y un pintor excelente madrileño. Se oían las carcajadas desde el despacho por todo el estudio. Al rato, salieron, y mi jefe, Julián Ortego, nos lo presentó a todo el equipo: ¡Aquí está "Papá Pepe"! ¡Niños -que así nos llamaba-, traed el mejor maniquí sentado que tengamos por ahí, limpiadlo y ponedle la mejor peluca exótica que haya! Dicho y hecho. Mientras, "Papá Pepe" se acercó a su coche, un Mini de los antiguos, que lo tenía aparcado en el parking del edificio, muy cerca del estudio, y comenzó a sacar cajas con pasteles de todas clases, tartas, sultanas de Sanlúcar... En dos segundos, el estudio era una sucursal de su confitería de Cádiz. No era hora para dulces y nosotros lo invitamos a unas copas mientras nos reíamos con sus miles de ocurrencias. Pidió que uno de nosotros lo acompañásemos a la tienda para comprar la ropa del maniquí. Nos quedamos con la boca abierta cuando, acompañado por uno de nuestros compañeros, traía lo más caro y lo mejor que había.: trajes, vestidos, ropas combinadas y toda clase de complementos de marca. Como era verano, pidió que le vistiésemos el maniquí con un bikini, sus gafas, su sombrero..., más o menos como este conductor de la A-6. La subimos en el coche y el efecto era magnífico. Cuando le preguntamos por qué quería llevar un maniquí como acompañante, nos dijo que él tenía una gran confitería en Cádiz -en la que después de aquello estuve en varias ocasiones con mi mujer atendido como un rey-, pero que la llevaban su mujer y sus hijas, y que a él lo que le gustaba era viajar promocionando sus buenos y exquisitos productos. Como se sentía tan solo, y a manera de publicidad jocosa, "su maniquí" era su compañera.

Desde aquel día, se acercaba a visitarnos cada vez que venía a Sevilla para traernos cajas de pasteles varios, invitarnos a unos copas y a que le pegásemos un repaso o le vistiésemos de temporada a "su niña". Genial aquel "Papá Pepe" al que nunca olvidaremos los que tuvimos la suerte de conocerlo. Me he acordado de él por este conductor de la A-6, al que no hay que ponerle una multa de 200 euros -tal como están las cosas- sino darle un premio al ingenio, a la gracia profunda y a la picaresca sin trincar. 

2 comentarios:

  1. Sí, es muy bueno, yo también me harté de reir cuando ví la noticia. ¡Qué arte!

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  2. ¡Un gran imitador del inolvidable Papá Pepe!

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