miércoles, 7 de diciembre de 2011

DESDE MI TORRE: DEMASIADOS TESOROS POR CUIDAR


Ayer y anteayer, con motivo de una visita familiar de larga duración aprovechando el extenso puente de la Constitución y la Inmaculada, tuve que actuar nuevamente de cicerone de esta ciudad mía de acogida: Córdoba, a la que amo de verdad y conozco con cierta profundidad. Eso de haber sido nombrada como la única ciudad andaluza Patrimonio de la Humanidad en España, desde el 13 de enero de 1996, le ha dado cierto prestigio que atrae a mucho turismo tanto del país como fuera de nuestros límites geográficos. Hasta ahora, todo bien. Pero cuando se logra ser una Ciudad así denominada, que además, creo no equivocarme, recibe una ayuda sustanciosa para su cuidado, lo menos es que se cuide hasta en los detalles más mínimos; es decir, que se mime.

 Aparte de la Judería, el casco histórico mayor de Europa, que al fin y al cabo es un espacio público de propiedad de los distintos vecinos, casi todos los monumentos son eclesiales y pertenecen al obispado. El abandono general es motivo de alarma. El llamado Patio de los Naranjos está sucio, y las entradas a su recinto llenas de gitanas y rumanas pedigüeñas con el clásico romero y la lectura falsa de manos asaltando a nativos y foráneos. En tan amplia visita -aunque observé hasta seis motocicletas de la Policía Local-, no vi a ningún policía. El Palacio Episcopal y sus edificios colindantes denota su tremendo abandono y su pésimo gusto en algunas vitrinas expositoras. Vayas por donde vayas, todo se va en pagar, pagar y pagar, que es como decir: cobrar, cobrar y cobrar. ¿Pero adónde revierten esos beneficios? No creo que sea en los lugares que se visita, llenos de mugre, de vallas abandonadas a su suerte, de basuras sin recoger...

Siempre difícil el dilema entre Iglesia y Estado. Los eclesíásticos -dueños de enormes edificios- se benefician de las caras visitas, pero no emplean ni un céntimo de euro para la conservación. Cuando todo el tesoro está a punto de caer al suelo, recurren a la Junta de Andalucía para defender el patrimonio..., y ya se sabe lo que pasa. 

Cervantes, aunque supo guardar bien su ropa ante la Inquisición, y no dijo jamás aquello de "Con la Iglesia hemos topado"..., sino que "nos hemos encontrado" -que es bien diferente-, ya se buscó los juegos malabaristas de la palabra para dar a entender lo que verdaderamente quería decir: que la Iglesia es un Poder duro de roer. No tengo que decir en estos renglones -entre otras cosas porque se me nota a legua-, que soy un hombre de fe y un cristiano de base, de los del montón, aunque ahora parece que no se lleva. Un cristiano que baja al Pesebre antes de subir a la Cruz. Por eso, posiblemente, me duelan tanto algunas cosas de la Iglesia.

Da pena, terrible pena, cómo descuida sus "tesoros terrenales". Da pavor de que un cristiano como yo tenga que coger un GPS para saber cómo puede rezar en la Catedral de Sevilla o en la de Córdoba. También me ocurrió en Granada.

Al menos, amigos, con todo el dinero que entra en las arcas por el aluvión turístico, que una parte lo empleen en tener limpios sus edificios y accesos, su entorno, sus detalles... ¡Ah, y que a los cristianos nos dejen rezar a Dios, sin pagar, en la casa de Dios!


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